Mi primer día en la cárcel.

Mi primer día en la cárcel.

Jamás, en todos los años de vida que tengo, había imaginado entrar en una cárcel.

El primer día, según iba acercándome con el coche, sentí un pellizco en el estómago, aquellos muros eran infranqueables, exactamente igual que en las películas.

Tenía una misión, propulsar un cambio desde dentro, algo perdurable en el tiempo y que lograra que aquellos internos, que un día cometieron un error, pudieran encontrar el sentido a su vida, para salir de allí siendo otras personas.



Y es que hay psicópatas, violadores y asesinos en serie, pero también hay gente como tú y como yo, que un día metieron la pata…. a todos nos puede pasar.

No podía sentirme más entusiasmada y a la vez con más incertidumbre.

Mi labor estaba clara, yo les enseñaba a los funcionarios de tratamiento herramientas de coaching y ellos las trabajarían posteriormente con los internos.

Y después de diez meses, mano a mano con maravillosos profesionales que nunca olvidaré, (trabajadores sociales, educadores, psicólogos, juristas y médicos), me he dado cuenta, que yo he aprendido mucho más de ellos.

He aprendido a dejar los prejuicios al lado, porque en esta extraña vida, nunca sabemos qué nos deparará el destino y si un día podremos acabar allí.

He aprendido a no juzgar a las personas por sus delitos, porque a veces es lo único que les enseñaron cuando eran niños.

He aprendido a mirar a los que un día se equivocaron, con la compasión que ellos necesitan.

Y es que, dentro de cada prisión, hay un grupo de personas que trabajan cada día desde el corazón, para ayudar a los que pasan por ese terrible trago, con la única intención de encauzar sus vidas desde la honestidad y el cambio interior.

Sólo puedo dar las gracias, a los profesionales que me acogieron cálidamente en cada centro penitenciario de Granada y Jaén, en ese entorno de apariencia fría y hostil, para tener la oportunidad de aportar un poquito de la luz que tengo en mi corazón.

Gracias.

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